Hasta pensé que no estaba soñando. Dejé que me llevaras a donde quisieras. Veía tu cara reflejada en el cristal de la avioneta, y de fondo estaba el cielo. Cuando me preguntaste por qué reía te dije que estaba viendo tu cara en el cielo. Está el fantasma de tu cara, luego las nubes y al último el fondo del cielo. Me dijiste algo de lo que no me acordé al despertar. Y luego accionaste una palanca. Me dijiste que era el piloto automático. Y también accionó la longitud de mi boca.
Me tomaste de la mano y me jalaste del asiento. Y ya no era avioneta sino avión de pasajeros. Todos se tapaban los ojos y sonreían. Vi a uno que se separó los dedos para descubrir un ojo, y luego sacó la lengua y guiñó el ojo solitario. Llegamos a la compuerta y te vi abrirla. Yo la tiré con el pie. Y la vimos caer.
Entonces volviste a tomarme de la mano, con fuerza. La apretaste. Y luego saltaste, llevándome contigo, porque yo dije que iba a ir a cualquier parte que tú fueras. Queríamos gritar. Llevábamos la pansa apuntando al piso y los talones apuntando al cielo, ese cielo que estaba arriba. El cielo estaba arriba y estaba abajo. Gritamos, a veces el aire que empujaba desde abajo no dejaba que el grito saliera, y veíamos nuestras bocas abiertas que no dejaban escapar sonido.
Me acerqué a ti. Te tomé de las manos, empujándote suavemente hacia mí. Mi cara se fue acercando hasta que te estampé un beso, pequeño, en el labio inferior. Y me alejé de ti. Lento.
Contaste hasta tres, y tiramos de un cordón morado. Se abrió un paracaídas que nos retuvo en el aire, bajando con calma.
Con la misma lentitud que fuimos bajando, se difuminó tu rostro, y las nubes atrás, y el cielo al fondo. Fue apareciendo el lienzo frente a mí, y las paredes cuarteadas del ático. Y yo estaba en una silla.
Te imaginé despertando. Sintiendo un hormigueo en la boca. Seguramente notaste que tenías un beso, pequeño, estampado en el labio inferior.
Me tomaste de la mano y me jalaste del asiento. Y ya no era avioneta sino avión de pasajeros. Todos se tapaban los ojos y sonreían. Vi a uno que se separó los dedos para descubrir un ojo, y luego sacó la lengua y guiñó el ojo solitario. Llegamos a la compuerta y te vi abrirla. Yo la tiré con el pie. Y la vimos caer.
Entonces volviste a tomarme de la mano, con fuerza. La apretaste. Y luego saltaste, llevándome contigo, porque yo dije que iba a ir a cualquier parte que tú fueras. Queríamos gritar. Llevábamos la pansa apuntando al piso y los talones apuntando al cielo, ese cielo que estaba arriba. El cielo estaba arriba y estaba abajo. Gritamos, a veces el aire que empujaba desde abajo no dejaba que el grito saliera, y veíamos nuestras bocas abiertas que no dejaban escapar sonido.
Me acerqué a ti. Te tomé de las manos, empujándote suavemente hacia mí. Mi cara se fue acercando hasta que te estampé un beso, pequeño, en el labio inferior. Y me alejé de ti. Lento.
Contaste hasta tres, y tiramos de un cordón morado. Se abrió un paracaídas que nos retuvo en el aire, bajando con calma.
Con la misma lentitud que fuimos bajando, se difuminó tu rostro, y las nubes atrás, y el cielo al fondo. Fue apareciendo el lienzo frente a mí, y las paredes cuarteadas del ático. Y yo estaba en una silla.
Te imaginé despertando. Sintiendo un hormigueo en la boca. Seguramente notaste que tenías un beso, pequeño, estampado en el labio inferior.

No hay comentarios:
Publicar un comentario